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Me gustan los cuadros de Arantxa Lucas, y me pregunto por qué. Quizá sea porque hay en su pintura una especie de convulsión, de pugna, de movimiento, que es lo que da sentido a la vida en general y a toda su obra en particular, una obra en evolución, como si esa tensión interior de cada cuadro se trasladara al conjunto de su trayectoria. Una inquietud que se traduce en el deseo de experimentar -y la experimentación no es sino la puerta del conocimiento- y que se aprecia en la variedad de técnicas y materiales empleados, en el uso del color, en las formas y composiciones.

Viendo sus lienzos, me siento privilegiado espectador de una lucha de contrarios: la naturaleza y la técnica, lo eterno y lo moderno, la precariedad del momento frente al equilibrio que, se supone, ha de encontrarse en la meta, los espacios mínimos y los infinitos, las células y las estrellas. Pero es una lucha armónica, como si en su misma oposición los contrarios encontraran los lazos que les unen hasta confundirse y tocarse, como se tocan, cuando de verdad son arte y vida, el arte y la vida.

Todo esto no serían más que palabras si no fuera por la soltura de la mano de Arantxa Lucas y por su intuición de verdadera artista. Decía Chèjov que las obras de arte se dividían en dos categorías: las que le gustaban y las que no, y que no conocía ningún otro criterio. Quizá, para terminar, lo mejor sea repetir, simplemente, que me gustan los cuadros de Arantxa Lucas. He aquí alguien que ha encontrado su vocación, y que no se ha equivocado.


Martín Casariego
Escritor
(Texto para el catálogo de la exposición "Pulsaciones", en la galería Ángeles Penche de Madrid, año 2004)


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